Washington, DC, enero 10.- El ex gobernador de Massachusetts, Mitt Romney, ganó de las primarias republicanas de Nuevo Hampshire, una segunda victoria consecutiva —tras su triunfo, hace una semana, en los caucus de Iowa— que lo acerca cada vez más a su nominación oficial en agosto como candidato presidencial.
Con el 62% de los votos escrutados, Romney lograba un cómodo 37.5%, muy lejos del segundo, Ron Paul, que sumó el 23.7% y rápidamente anunció que sigue en la carrera electoral. Quien también anunció que seguirá es el centrista Jon Huntsman, quien logró un 17%.
En un lejano cuarto puesto quedó el candidato revelación en Iowa, Rick Santorum, con un 9.8%, y en quinto lugar con 9.7% Newt Gingrich, cuyo liderato hace dos meses en las encuestas a nivel nacional se ven ahora como un sueño inalcanzable. La noche electoral fue humillante para otro candidato que un día también llegó a liderar las encuestas, el gobernador de Texas Rick Perry, quien sacó un humillante 1%, por lo que los analistas lo dan ya por muerto, aunque no se atreva aún a anunciar su renuncia.
Contra Obama. Tras anunciar que “esta noche hemos hecho historia”, un eufórico Romney dio un discurso pensando como si fuera ya el candidato presidencial republicano.
Sin hacer una sola mención a sus adversarios, el ex gobernador pidió a las “buenas gentes” de Carolina del Sur, siguiente parada en la contienda, que le den una nueva victoria.
El resto fueron ataques al presidente de EU. “Si estas elecciones son una subasta para encontrar a quién les puede prometer más ayudas, entonces no seré ese presidente. Ustedes ya tienen ese presidente ahora mismo”.
“Al presidente Obama se le han acabado las ideas, y ahora se le acaban las excusas”, dice Romney, acompañado, como en casi todos sus discursos, de su mujer y algunos de sus hijos. “Se le acaba el tiempo al presidente”, exclamó. “Estoy dispuesto a conducir al país por un camino diferente”.
“Nación bajo Dios”. Por último, Romney recordó su condición de devoto cristiano al recordar que “somos una nación bajo Dios”, lo que se interpreta como un intento de simpatizar con la mayoría evangelista del país y dejar a un lado su confesión mormona.
Según recientes encuestas, un 40 por ciento de los estadounidenses no quiere ver a un presidente de la minoría mormona en la Casa Blanca.