¡Viva la paz y la tranquilidad!


Aquí estoy, en el amanecer de este Jueves Santo, solo y mi alma, sentado en la quietud del espacio de mi casa que yo llamo “mi oficina”, y que no es otra cosa que una de las recámaras que mis hijos dejaron vacía cuando abandonaron el hogar que era nuestro, para fundar el suyo propio. Con el tiempo, cuando dejé de ejercer la arquitectura y la valuación inmobiliaria, que durante muchos años fueron las actividades que me permitieron mantener a mi familia y darle educación a mis tres hijos, convertí esta habitación en el cubil donde me refugio para atender mis asuntos, en esta etapa tardía de mi vida post-adulta. Mi esposa y compañera de mi vida aún duerme, y todavía falta rato para que se levante y empecemos juntos la jornada diaria, que es una repetición de mil, diez mil jornadas idénticas. Una rutina deliciosa que jamás resulta monótona, a pesar de todo.

Siendo yo cachivachero por naturaleza, este cuarto-oficina está repleto de cosas: mi PC, dos monitores grandes, dos impresoras, tres aparatos reproductores de música, cd’s, cassettes, libros, carpetas, fotografías de mis familiares, vasos, vasijas y tarros con bolígrafos y marcadores… hay de todo, como en las viejas boticas de antaño. Ah, y también hay polvo, bastante polvo, lo que saca de quicio a mi abnegada esposa. Defiendo mi terreno -el único realmente mío en esta casa- como gato boca-arriba. Trato de que nadie haga limpieza en mi cubil, porque luego no encuentro las cosas cuando las busco… lo cual es un vil pretexto para encubrir mi creciente falta de memoria… “Hace al fin la edad su oficio”, siguen diciendo por ahí los viejos más viejos.

Hoy desperté un poco más temprano que de costumbre: son apenas son las cuatro y media de la madrugada. Algo me despertó. No sé decir exactamente qué. Si fue el exceso de silencio, o la falta de ruido [que no es lo mismo, aunque muchos piensen lo contario]. La noche aún sigue siendo noche, y por alguna razón está más oscura que de costumbre, más quieta, tal vez más serena. Mucha gente ya se fue a otras partes, y la que se quedó, duerme todavía. Los pájaros y las palomas aún no empiezan a entonar su himno matutino a la vida, posados en los árboles que aún quedan en el viejo barrio donde vivimos desde que regresamos de la ciudad de México -después de radicar allá durante los primeros diez años de nuestro matrimonio- para reemprender el nuevo tramo del camino que el destino tenía trazado para nosotros.

Estoy solo en esta hora, conmigo mismo como único acompañante. Y doy comienzo al delicioso proceso de sacudir el follaje de mi memoria para que caigan los frutos que por ahí y por allá cuelgan de sus ramas. Yo y mis recuerdos, mis recuerdos y yo. Ni ellos me abandonan, ni yo permito que se escapen. El día que no los tenga será porque ya habré muerto, y le confieso a usted que si puedo hacer trampa, trataré de encontrar la forma de llevármelos al más allá. Sin mis recuerdos no soy nada, y qué caray, pretendo seguir siendo algo cuando viaje a la eternidad. Pero bueno, también dicen los viejos más viejos, que “el hombre propone y Dios dispone”, así que nada para nadie y permítame usted seguir con mis divagaciones.

Sin morbo ni intención macabra, invoco a mis queridos muertos para que me envíen sus imágenes, los rostros que atesoro, los abrazos que añoro, las bromas, las risas, sus abrazos y besos y el cariño compartido. Imágenes que el tiempo poco a poco ha tornado borrosas, como fotografías de un color amarillo viejo/opaco, pero que a pesar de todo -¡Bendito sea El Señor!- aún puedo distinguir con suficiente claridad. Mis padres y mis hermanas fallecidas, mis abuelos y todos mis tíos y tías [excepto una] que ya se fueron hace mucho tiempo. Y mis amigos de la juventud, tan animosos y fuertes que parecían indestructibles, y que sin embargo se fueron yendo uno tras otro, dejándome cada vez más solo, cada vez menos alegre. De los 18 amigos de la juventud que por allá a principios de los años 50’s formamos el grupo llamado “Glú-Glú”, hoy quedamos menos de la mitad. Se han ido, pero su recuerdo permanece, y en eso en mi opinión consiste la inmortalidad.

Va transcurriendo la madrugada, lenta, silenciosa, tibia, y los recuerdos pasan como cruzan veloces las nubes de verano el firmamento, dejándome en los labios el sabor agridulce que tiene el tiempo pasado. ¡Qué rápido se va la vida, y qué rápido pasan los días en estos tiempos agitados, turbulentos, y llenos de sucesos que tanto nos sorprenden y alteran!

No hace mucho, en uno de esos momentos de duelo en que vamos a presentar nuestros respetos a los amigos que han perdido algún familiar, alguien me comentaba que a esta edad los viejos amigos, y también los amigos envejecidos, ya solo nos veíamos en los funerales, o en las salas de espera de los hospitales. Cierto, muy cierto, y si uno lo piensa un momento caerá en cuenta de que es natural. Mientras más viejo se hace uno, menos sale de su casa, nos dan miedo las calles de las ciudades actuales, con su tráfico enloquecido, con el desorden que reina en ellas, con la violencia que se respira en cada rincón de la ciudad, y que amenaza a estallar en cualquier momento.. ¿qué negocios tiene un anciano en la calle, a menos de que se trate de un problema urgente de salud, o de un compromiso luctuoso con algún familiar o amigo?

La ciudad -hablo del turbulento Hermosillo de hoy en día- evidentemente ha crecido, pero a mi juicio no ha crecido bien. En ese proceso de crecimiento sin orden ni concierto, le han ido saliendo tumores cancerosos por doquier. Y muchos piensan que está bien, y que es el inevitable precio que debemos pagar por el desarrollo y del progreso. Desarrollo y progreso… Mmmmmm ¿de veras? Claro, entiendo que es lo único que han conocido y no saben lo que es vivir en un ambiente pacífico y ordenado, y por eso crece y crece la brecha generacional entre los que añoramos el pasado sin rasgarnos las vestiduras por su pérdida, y quienes creen que necesariamente todo tiempo presente tiene que ser mejor. Los asombrosos avances tecnológicos los ciega. Por supuesto, debemos aceptar que cada cabeza es un mundo y que cada quien es libre de aceptar lo que mejor la perezca.

Pero hay una pequeña gran diferencia: mientras que nosotros -los que desde hace rato rebasamos la edad de plata, para pasar a la de platino y luego entrar en la edad de oro- tuvimos el privilegio de conocer los dos mundos, el de ayer y el de hoy, ambos con sus pros y sus contras, los jóvenes de estos tiempos caóticos y los relativamente no tan viejos de épocas más recientes, solo han conocido esto que tenemos a la vista, que nos aterra y sobrecoge cuando vemos lo que sucede diariamente y lo que contiene, al margen de esos avances científicos y tecnológicos, que siendo sin duda maravillosos e impresionantes, resultan insuficientes para suplir la placidez de las noches aquellas en que se podía dormir con las puertas de las casas abiertas sin temor de que entrara alguien a rebanarle a uno el pescuezo y a desvalijarle la casa. A los nuevos ciudadanos del mundo de hoy se les ha negado la vivencia del mundo de ayer, y si acaso lo conocen únicamente a través de historias, referencias indirectas e imágenes grabadas, que desde luego son insuficientes para realmente conocer, para aspirar los aromas y escuchar la brisa correr por los viejos árboles que hace mucho se secaron, y en los que nunca más anidarán los pájaros.

Esto voy pensando, y estas imágenes surgen en mi mente, mientras que afuera poco a poco ha ido aclarando el cielo, y ya se anuncia la esplendorosa mañana. Dentro de unos minutos se abrirá la puerta de nuestra recámara y saldrá mi amada esposa, mi mejor amiga y fiel compañera en la aventura de vivir esta vida maravillosa que hemos vivido. Aparecerá en la puerta de mi cubil para decirme “buenos días, mi amor”, acompañado del abrazo y el beso que me da todos los días, desde hace tantos años que no recuerdo ya cuántos son. Así es el principio de todos mis días, desde que nos unimos en matrimonio e iniciamos el viaje. Y dígame usted ¿no le parece una forma maravillosa de empezar cada nueva jornada?

Si tuvo usted aguante para leer hasta este punto, merece un aplauso y hasta un trofeo. O es masoquista o de verdad le gustan las cosas que escribe su amigo “El Chapo” Romo. Espero no haberlo aburrido demasiado con mis elucubraciones y disquisiciones. Son los pataleos de mi mente, que nunca se está quieta, que siempre me juega malas pasadas y seguido me hace pasar vergüenzas y situaciones embarazosas. En esta ocasión usted ha sido la víctima inocente, y por ello me disculpo sinceramente.

Es Jueves Santo, y se aproxima el momento supremo de la pasión y muerte de Jesús en el Monte Calvario. Preparémonos para acercarnos al momento de SU resurrección con el ánimo renovado, y con un corazón arrepentido y agradecido

El juego maravilloso de la vida no se acaba hasta que se acaba… ¡ARRIBA CORAZONES!

Agradeceré su comentario a continuación, o envíelo a oscar.romo@casadelasideas.com

En Twitter soy @ChapoRomo


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