Madre y maestra

Alguien podrá tal vez confundirse y pensar que me dispongo hablar de la carta encíclica “Mater et Magistra” dada a conocer por el Papa Juan XXIII el día 15 de mayo de 1961. Vale la pena recordar que esa carta encíclica revisa los puntos más importantes de las encíclicas Rerum Novarum y Quadragesimo Anno. Ante las necesidades de su época Juan XXIII advierte que la cuestión social tiene una dimensión mundial, y que así como se puede hablar de personas pobres, también se ha de hablar de naciones pobres. Insiste en la importancia y trascendencia de la dignidad de la persona humana, en la valoración del trabajo y en su justa remuneración. Reconoce que la economía es ante todo obra de la iniciativa de los particulares, pero que se necesita la intervención subsidiaria de los poderes públicos. Subraya la importancia de la creciente sociabilidad humana en sus diversas manifestaciones en el mundo. 57 años, y estos temas aún siguen vigentes y sin resolverse.

Como podemos ver en esta breve referencia, el fondo de la carta encíclica “Mater et Magistra” tiene poco que ver con el papel de madre y maestra que asume la mujer ante el milagro de la maternidad, y ante la doble función suprema que le corresponde como jefa de familia y como educadora. Madre primero y maestra automáticamente, porque ser madre va mucho más allá del hecho de dar a luz a una criatura, alimentarla, cuidarla y protegerla, sino también guiarla, formarla y ayudarle a convertirse en la clase de persona que está destinada a ser. Y para ello, una madre debe convertirse en una maestra de tiempo completo, de noche y de día, sin pausa ni descanso.

Sin escuelas especializadas, sin libros de texto, sin la experiencia necesaria, y con tan solo su intuición y su instinto, las madres enfrentan la enorme y a veces imposible tarea de convertir en seres humanos de bien, a esos trozos de carne que se han desgarrado de sus entrañas doloridas. Y, contra lo que algunos piensan, esta tarea bendita no concluye al marcharse los hijos con el rumbo que han elegido. Sigue, y sigue, hasta que la madre abandona este mundo. Y hay quien piensa que la tarea de amor continúa, aún después de muerta.

En este día que en todos los rincones de nuestra nación lo dedicamos a festejar a la madre, es fácil, y yo diría que hasta inevitable, hablar sobre esta figura que encarna la suma de todos los reconocimientos, de todos los afectos y todos los respetos. Siendo la mujer/madre el símbolo máximo del amor y del sacrificio, resulta natural abordar el sentido de este escrito desde la óptica de los antecedentes más cercanos que tiene el autor, o sea el de mi propia madre, y el de mi esposa que es madre de mis hijos. Madre y maestra fue mi madre, y madre y maestra ha sido y sigue siendo mi esposa.

Mi madre murió hace algunos años y, al extinguirse la luz en sus ojos, lo último que recuerdo fue esa mirada de maestra amorosa y bondadosa que siempre le caracterizó, y que al abandonar este mundo parecía decirme “hijo, yo me voy, pero nunca olvides todo lo que te he enseñado”. Pero mi madre no es sino la figura representativa y la eterna repetición de lo que son todas las madres del mundo, en una u otra medida, en una u otra forma y estilo. Madres y maestras, pilares fundamentales en todas y cualquier familia, en cualquier parte de nuestro país y del mundo. Ninguna reverencia que se les rinda es suficiente. Ningún tributo está de sobra.

Mi esposa, en el tramo final de su vida, que desde luego ignoramos cuán prolongado o cuán breve pueda ser, sigue desempeñando el doble papel que como madre le corresponde. Y lo hace con una voluntad y una entrega como si aún fuera una muchacha, y estuviera en los tiempos iniciales de nuestro matrimonio, cuando dio a luz a nuestro primogénito, y posteriormente a sus dos hermanos. Como cualquier pareja que emprende la tarea de formar una familia, sin más armas que el amor y el deseo de salir adelante, nos vimos obligados a enfrentar grandes dificultades para criar a nuestros hijos, crucigramas que la vida nos planteó y cuya solución estuvimos a punto de abandonar en numerosas ocasiones. Si usted es madre, o padre, tal vez entienda lo que estoy tratando de decir.

Mi difunta madre hizo lo mismo con sus ocho hijos, con las naturales diferencias que las épocas plantean. Y en mi mente conservo vivas e imborrables las imágenes de mi niñez, tiempos lejanos en que mi abuela materna batallaba de lo lindo con sus hijos, mis tíos y tías que también se han ido. Es la historia que se repite y se vuelve a repetir, en los ciclos y circunvoluciones de la vida que no se detienen, en el seno de cualquier familia, en cualquier lugar.

Para ser madre o padre no se estudia… ¿quién no lo ha dicho, o escuchado decir? Con ello se desea expresar las tremendas dificultades que implica el criar, formar y guiar a un hijo en los años fundamentales en que empieza a dejar de ser niño para convertirse en un adolescente, y más adelante en un hombre, o una mujer en pleno florecimiento, con sus propios y personales planes y proyectos, siempre sustentados en la escala de valores que hemos implantado en ellos, con nuestros ejemplos y enseñanzas.

Así es, o así debe ser en teoría, porque no siempre las cosas salen bien, y por alguna razón desconocida no bastan los ejemplos y las enseñanzas y los árboles que plantamos crecen torcidos, lo cual implica el dolor más grande que se pueda concebir: el de no saber qué hicimos mal, qué nos falló, dónde nos equivocamos. No creo que pueda haber en la vida un fracaso más grande que una familia fallida, o un hijo descarriado. Solo el que lo ha vivido entiende lo que significa, y puede saber lo que se siente. Gracias a Dios, mi esposa y yo, viendo a nuestros tres hijos convertidos en espléndidos seres humanos, cada uno con su propia familia, y sus problemas y dificultades, podemos decir que logramos cumplir de manera satisfactoria con esta ardua y difícil, y muchas veces imposible, encomienda.

Admiro y reverencio a todas las madres del mundo, sin importar raza ni condición. Las admiro las 24 horas del día, todos los días del año. Y me inclino con respeto cuando veo sus sacrificios y su inquebrantable espíritu de lucha. Admiro a las madres solteras que son capaces de proveer, de proteger y ¡oh milagro de milagros! de formar y conducir a sus hijos por el camino correcto, que en estos tiempos que corren resulta ser sin duda el más complicado de los caminos. Ante las enormes dificultades que implica lo anterior, debemos de rendirles un tributo permanente de admiración y de respeto.

Recuerdo en este día a mi madre, y quiero pensar que ella sabe que no he olvidado sus enseñanzas, y quiero creer que con eso le brindo un poco de la felicidad que tal vez en vida nunca pude brindarle. Que me equivoco con frecuencia, y meto la pata por aquí y por allá, pero que vivo esencialmente de acuerdo con los valores y principios que ella me enseñó de pequeño.

Y le entrego una vez más mi corazón a la mujer que aceptó un día, hace ya casi 55 años, embarcarse en la difícil y complicada, pero maravillosa aventura de formar una familia. Le entrego de nuevo mi corazón y le agradezco infinitamente seguir siendo el templo mayor de amor y devoción que siempre ha sido, para mi, para nuestros hijos y, hoy en día, para nuestros nietos.

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