Aquella mitad del siglo XX

Aquella mitad del siglo XX


Héctor Rodríguez Espinoza

I. LA EMERGENCIA DE LA JUVENTUD GOBERNANTE. JOHN FITZGERALD  KENNEDY Y FIDEL CASTRO

Como mis estudios primarios transcurrieron en esta precisa mitad del siglo, creo conveniente y recreativo realizar un vuelo de pájaro sobre tiempos tan importantes e interesantes, juzgados mejor ahora por las consecuencias, sean frutos o tragedias, que hoy saboreamos o lamentamos.

Este período ha sido considerado ni más ni menos decisivo que los precedentes. En efecto, terminada la segunda guerra mundial, otro de sus resultados fue que barrió, de todos los países beligerantes, a una generación entera, la que durante la contienda tenía entre 18 y 35 años. En los años siguientes no había gente joven para gobernar, para dirigir, para actuar. Fue hasta finales de la década que los nietos pidieron y tuvieron la palabra, surgiendo un rejuvenecimiento. Si la década siguiente fue la de la juventud, ésta nació en los cincuenta.

Entre otros protagonistas, considerada como la  cuarteta característica de las tendencias liberalizadoras de aquellos años, predominaron: el septuagenario Cardenal Roncalli, quien el 28 de octubre de 1958 fue elegido Papa, patriarca de Venecia, proclamado el 5 de noviembre, Juan XXIII, el Papa bueno, el de “la vida es un banquete en la que están invitados todos”, realizando el Concilio Vaticano II, con el fin de emprender una auténtica reforma de la iglesia; el cincuentón, temperamental y gesticulante líder de la URSS,  autor de la iniciativa de la coexistencia pacífica, Nikita Krushev; el joven y atractivo demócrata, quien era uno de los cuatro hijos del patriarca  y ex embajador de Roosevelt, Joe Kennedy,  el nominado por el Partido Demócrata en 1959 y electo en 1960, John Fitzgerald Kennedy; y el también joven ex alumno de un Colegio de Jesuitas, médico graduado en la Universidad de La Habana, posgraduado en la UNAM, quien fraguó y escaló hacia el gobierno de su patria antillana con una pequeña guerrilla de 82 expedicionarios desde las costas mexicanas, Fidel Castro Ruz.

II. LA GUERRA FRÍA. El furor del senador Joe McCarthy, atizador de la llamada cacería de brujas.

El 12 de marzo de 1947 se había iniciado la llamada guerra fría, no declarada, entre las superpotencias URSS y EU, con la Doctrina Truman para la ayuda de Grecia y Turquía, la intervención en Corea e Indochina, ante y contra el avance del comunismo. En EU se vivió un clima de neurosis, ira, insoportabilidad e histeria resistencial, desde que tuvo conocimiento de que la URSS también poseía la bomba atómica.

Gran actividad fue desplegada por la Agencia Central de Inteligencia -la temible CIA- y el Comité del Senado contra actividades antinorteamericanas, presidido por Joe McCarthy. La frase “el miedo como coartada de la historia”, se confirmó el 19 de junio de 1953 con la ejecución, en la silla eléctrica, del penal de Sing Sang, del matrimonio Julius  y Ethel Rosenberg, acusados de espionaje a favor de la URSS. Según conclusión del Juez Irving Kaufman, la pareja había entregado al vicecónsul soviético en Nueva York, en septiembre de 1945, los datos técnicos del artefacto estallado en Nagasaki.

La Revista Triunfo consignó: “Éste es uno de los casos que más escándalo causaron en la América de los años cincuenta, el país dominado por el furor del senador Joe McCarthy, atizador de la llamada cacería de brujas, animador fanático del Comité de Actividades Antinorteamericanas. La condena levantó protestas en todo el mundo: comisiones cívicas, partidos políticos, asociaciones humanitarias, personalidades, entre las que no faltó la petición de indulto de Pío XII. Según las actas del proceso... se probó que el matrimonio Rosenberg ... entregó una importante selección de microfilmes referentes a la bomba atómica de Nagasaki. Pero uno de los argumentos decisivos de los impugnadores del proceso fue que la policía no había encontrado ninguna prueba concluyente de tales acusaciones y que las declaraciones de los testigos fueron conseguidas mediante coacción. Fuera de los Estados Unidos se vio claro el alcance político del proceso exponente de la tensión culminante de la guerra fría. En el interior del país revestía, además, una complejidad racista, al tratarse los acusados principales de judíos.”          

III. CARYL CHESSMAN. “Un precio muy alto para aprender qué es la ley y la civilidad".

Por otros delitos del fuero común, un presunto homicida judicialmente reincidente, Caryl Chessman, el asesino de la lámpara roja,  esperó durante años en la celda de los condenados a muerte, que efectivamente le llegó sentado, pero en una silla eléctrica.

(El Clarín, el martes 02 de mayo de 2000 recordó: CASOS QUE HICIERON HISTORIA / EL "BANDIDO DE LA LUZ ROJA": A 40 AÑOS DE LA EJECUCION DE CARYL CHESSMAN EN LA CÁMARA DE GAS. El delincuente que fue bandera contra la pena de muerte. Entre la condena y la ejecución pasaron casi 12 años, durante los que el mundo debatió sobre la pena capital.  Durante toda la década del 50, Caryl Chessman fue una bandera viviente contra la pena de muerte. Entre otros, se solidarizaron con su causa Eleanor Roosevelt, Pablo Cassals, Aldous Huxley, Ray Bradbury, Norman Mailer, Billy Graham, Robert Frost y hasta la UNESCO, que envió un pedido de indulto al presidente de los Estados Unidos, Dwight Eisenhower.

El 2 de mayo de 1960, día en que lo ejecutaron en la cámara de gas de la prisión de San Quintín, un grupo de estudiantes caminó 30 kilómetros en señal de protesta. Y frente a la cárcel se encendió la antorcha de la vida. La ejecución comenzó a las 10 horas, 3 minutos, 45 segundos y terminó a las 10 horas, 12 minutos. En ese lapso, en Lisboa apedreaban la Embajada de EE.UU.; en Estocolmo, una manifestación protestaba frente a la sede diplomática de ese país; en Milán, un enfurecido italiano escupía al primer turista estadounidense con que se cruzaba en señal de repudio y hasta en Montevideo se reunieron frente a la casa del embajador para quejarse. Pero nada detuvo las pastillas de cianuro cayendo sobre el balde de ácido sulfúrico en el cuarto octogonal pintado de verde, en el que Chessman se había dejado amarrar mansamente. Guiñó el ojo a los periodistas conocidos, recostó la cabeza hacia atrás e inhaló el gas letal de aroma dulzón. Ya inconsciente, su cabeza cayó sobre el pecho, sus ojos se dieron vuelta y murió.

Al día siguiente, su ejecución ocupó las primeras planas del mundo entero, incluida la Argentina. La mayoría de los medios no dudó en repudiar abiertamente la ejecución. Hasta un editorial del New York Times explicó que el Chessman ejecutado no era el mismo que había sido condenado, habiendo pagado "un precio muy alto para aprender qué es la ley y la civilidad". Una larga lucha. Conocido como "el delincuente de la luz roja", porque llevaba una sirena policial en el techo de su auto para confundir a sus víctimas en las rutas de California, Chessman logró aplazar su muerte once años, diez meses y siete días. Antes de la ejecución había tenido ocho citas fijadas con el verdugo que se pospusieron por recursos judiciales. Y la cita final también iba a posponerse, pero la secretaria de un juez dispuesto a otorgar un aplazamiento de una hora para una nueva revisión discó mal el número de la cárcel. Cuando se comunicaron, la ejecución había comenzado.

Durante los años que Chessman evitó ser ejecutado, 93 hombres y una mujer, Barbara Graham, sufrieron la pena capital en Estados Unidos. La larga espera, combinada con una película, varios documentales, cuatro libros escritos en la cárcel y cientos de entrevistas convirtieron su caso en el centro de un debate sobre la pena de muerte que llegó hasta nuestro país, donde jueces y abogados polemizaron.

Su libro más exitoso, “Celda 2455. Pasillo de la muerte”, vendió medio millón de copias. Con los 150 mil dólares recaudados (una fortuna en aquella época) costeó la campaña legal que dirigía desde su celda e incluyó más de 50 apelaciones, un equipo de abogados y hasta detectives privados para investigar los crímenes por los que había sido condenado. Si bien firmó una confesión frente a la policía, Chessman siempre se declaró inocente y aseguró que lo habían torturado para que se inculpara. Sus últimas palabras al alcaide de la prisión, a quien ganó en su causa contra la pena capital, fueron: “No soy el bandido de la luz roja”.

“Mentalidad sexual retorcida.” Según Chessman, “el bandido de la luz roja era un aficionado chapucero con mentalidad sexual retorcida y no criminal profesional y frío calculador”, como él se consideraba. Sin embargo, un jurado compuesto de once mujeres y un hombre no le creyó. El 25 de junio de 1948 fue condenado por robo y dos secuestros seguidos de abuso sexual. Tres cortes, incluyendo la Corte Suprema, mantuvieron la condena. Uno de esos crímenes fue abusar sádicamente de Mary Alice, una chica de 17 años que había egresado poco antes de la escuela católica para niñas y estudiaba en la Escuela Superior de la Inmaculada Concepción para convertirse en monja. Luego del ataque, Mary Alice perdió el juicio y terminó en el manicomio de Camarillo.

Apuesto, tranquilo, inteligente y educado a fuerza de horas de lectura, Chessman medía un metro noventa y pesaba 90 kilos. En prisión leía un libro por día y hacía dos horas de ejercicios. Su última cena fue hamburguesa con papas fritas y chocolate caliente, su bebida predilecta. Se la llevaron a las 16.30 del 1 de mayo. Pidió repetirla. Como el último deseo de un condenado a muerte no se niega, se la volvieron a llevar a la medianoche.

El ciudadano Ramón J. Sender registró: “La única vez que yo he enviado un telegrama a un político fue cuando anunciaron que iban a matar a Chessman en la prisión de San Francisco. Le envié al gobernador un telegrama diciendo: ‘Si no indulta usted  a Chessman, no será usted reelegido gobernador  en las elecciones próximas’. Esa reelección es muy importante para un político, ya que ser gobernador de California es como estar en la antesala de la Presidencia de los Estados Unidos, nada menos. Y no lo indultó el gobernador. Y chessman murió. Y el gobernador no fue reelegido. Como yo le había anunciado. ¿Por qué pedí su indulto? Primero, porque la pena de muerte es odiosa. Luego porque Chessman no había matado a nadie. Finalmente porque escribía, Chessman, libros en la cárcel. ¿Libros malos o buenos? Ni malos ni buenos. Eran libros de circunstancias.”

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