In memoriam


Para los que a 35 años de distancia, y sin entender y sin conocerme me odian y vituperan, y para los que por entender me brindan su aprecio y respeto.

Con el reciente fallecimiento de Ramón Noriega Villaescusa, apodado “El Chanate” por la legión de amigos que dejó en su paso por esta vida, se me vino de golpe y porrazo un diluvio de recuerdos, de anécdotas y situaciones que vivimos en otras épocas que en muchos sentidos fueron muy diferentes a la actual, y en muchos otros son igual. Cambian las cosas, otras se mantienen inalterables, salvo pequeños e insignificantes detalles. El tiempo corre y nos vamos haciendo viejos, la gente que queremos y los amigos entrañables se van, dejando en nuestros corazones un vacío que nadie puede llenar, como dice la hermosa canción de Alberto Cortez. La muerte es parte de la vida, y los seres humanos empezamos a morir al siguiente segundo de nacer, según la visión más tétrica (o más realista) de algunos.

Finalizaba el año 1983 y José Alberto Healy Noriega, en aquel entonces director general de El Imparcial, tuvo la idea de crear en su periódico un espacio que en un principio estuvo destinado a temas empresariales, y de hecho se tituló “Columna Empresarial”, en la cual colaboraron brevemente empresarios de la época como José Santos Gutiérrez, Horacio Rubio, Ramón Corral, Alberto Torres, y algunos otros personajes muy conocidos. El primer coordinador de esa columna fue Arturo Bloch. Pocos meses después el nombre fue cambiado a “Columna Huésped” para dar cabida a un nutrido grupo de inquietos profesionistas de aquella época, que se combinaron con los empresarios dando lugar a una amalgama de plumas que convirtieron a “Columna Huésped” en el espacio periodístico más gustado y más controvertido del periodismo local y regional.

El 7 de junio de 1984, coincidentemente el día en que se celebra en México la libertad de prensa, se publicó mi primer artículo en “Columna Huésped” y me convertí en parte del grupo de profesionistas que se agregaron al grupo de noveles escritores, apenas unos meses después de haber sido creado ese espacio. Con el correr del tiempo, y ante el resonante éxito de ese espacio, el grupo de colaboradores fue creciendo de manera incontenible, por lo que siendo ese grupo tan numeroso es imposible mencionar a todos y cada uno de los columnistas huéspedes que ahí dejaron su huella.

Cuando yo me incorporé Tomás Gómez Montalvo ya estaba ahí, y desde el primer momento nos convertimos en el uno-dos de la crítica política dura que caracterizó a Columna Huésped durante los años que permaneció vigente. Estaban, desde luego, los escritores de línea moderada e incluso los anodinos, que no se comprometían nunca, pero lo que hizo que Columna Huésped se convirtiera en el espacio favorito de miles de sonorenses, fue precisamente la línea crítica dura, y mientras más dura y más directa, mejor.

“El Chanate” Noriega se nos unió un par de años después, y él, Tomás Gómez y su servidor, conformamos el trío denominado “los fedayines”. Tiempos aciagos en que la represión y la censura oficial predominaban en todo el país, y por supuesto en Sonora. Tiempos en que criticar al gobierno y a los políticos atraía la ira y el castigo sobre los que se atrevían. Tiempos en que la gente de a pie y los periodistas callaban para no ser víctimas de la mano durísima de los gobiernos represores e inhumanos de entonces. Tiempos de silencio aparente, entre un pueblo que rumiaba sus inconformidades, sus resabios y sus anhelos reprimidos. Tiempos en que resultaba heroico dar voz a una sociedad que no la tenía.

25 años permanecí como escritor en El Imparcial, parte de ellos como columnista huésped, y parte como articulista en la Sección Editorial del periódico. Años inolvidables, que transcurrieron entre los golpes naturales de quienes se sentían agredidos por nuestras críticas, pero también entre el reconocimiento de quienes entendían que lo que hacíamos significaba arriesgar el pellejo, la integridad personal y familiar, y la seguridad económica. 25 años de luchas, de amarguras por las incomprensiones, y de satisfacciones por los logros que se daban a cuentagotas.

Las décadas más dolorosas en la historia moderna de nuestro México: los 70s, 80s y 90s. La salida del desarrollo sustentable de Díaz Ordaz y el trayecto hacia el México actual, pasando por los gobiernos tormentosos de Echeverría, López Portillo, De la Madrid, Salinas y Zedillo, hasta llegar a la alternancia, en la alborada del tercer milenio. Para mí en lo personal fueron años de aprendizaje, de empezar a entender que nada es para siempre y que muchas de las cosas que vemos a simple vista, son en el fondo diferentes. Años de dar golpes y de recibirlos, de pagar las consecuencias y de recibir satisfacciones. Y siempre el respaldo de la familia, que se la ha jugado junto conmigo… y ha tenido que pagar el precio.

En el año 2009 renuncié a El Imparcial. Las cosas ahí habían cambiado demasiado, la incompatibilidad era intolerable, y la línea editorial de aquel Imparcial del que fui amigo, se había convertido un artículo que se ofrecía al mejor postor. Se cerró un ciclo que marcó la ruta de mi vida periodística, y empezó el siguiente, en el cual me encuentro, casi 10 años después. Como un Quijote apolillado, con mi armadura abollada, mi lanza astillada y mi Rocinante a punto de morir de cansancio de tanto galopar.

En el mismo año 2009 el Instituto Municipal de Cultura y Arte de Hermosillo me hizo el honor de publicar un libro que contiene algunos de los artículos y columnas que escribí durante los 25 años de mi carrera de escritor en El Imparcial. El editor fue Imanol Caneyada, quien en la solapa interior del libro escribió: “Crítico de mano dura  y palabra directa, durante 25 años escribió artículos de opinión para el periódico El Imparcial, del que recientemente se separó para tomar rumbos diferentes. Un ave de tempestades, como él se describe a sí mismo, se siente orgulloso de haber generado tremendas controversias a lo largo de su vida periodística. Óscar “El Chapo” Romo se identifica a sí mismo como un Quijote provinciano, solo que sin Rocinante ni Sancho… y piensa que sus lanzas hace tiempo se convirtieron en leña para atizar la menguante escena de su vida. Óscar Romo… un producto genuino de su tiempo y circunstancias, y un auténtico hijo de Hermosillo y de Sonora”.

Ignacio “Nacho” Lagarda en el escrito de presentación que se incluye en el mismo libro escribió: “La manera de escribir de Romo no es nada fácil. Su estilo directo y punzante no es algo a lo que los lectores estemos acostumbrados a leer, y mucho menos los destinatarios de sus análisis y críticas contundentes”… “A sus 74 años de vida –(hoy estoy a punto de cumplir los 81)- al hacer un recuento de sus hechos, Óscar confiesa estar seguro de que la mitad de los que lo conocen y lo han leído, lo odian, y la otra mitad lo aprecia y respeta, y que después de 25 años de teclear su máquina de escribir, y el teclado de su computadora, el único patrimonio que posee son su familia y sus amigos”.

Son algunas de las cosas que de mí se han dicho, y también están las que muchos otros dijeron en aquellas “Cartas de los Lectores” del viejo Imparcial, y desde luego lo que dicen mis críticos de la nueva ola, que me arropa y persigue al llegar a mis primeros 81 años de edad, cuando mis fuerzas han menguado pero no mis convicciones, y cuando los avances tecnológicos se han llevado el olor a tinta y papel, dejándonos tan solo el insulto y la diatriba anónima de quienes no se atreven a dar la cara y ponerle nombre y apellido a sus ataques.

Tomás Gómez se ha retirado y actualmente vive en Mexicali con su familia. “El Chanate” Noriega un día colgó los hábitos de columnista crítico y se fue a trabajar con Ricardo Mazón, donde se convirtió en un elemento indispensable. Acaba de morir un tipo sumamente inteligente y tremendamente carismático, ave de tempestades a su manera y estilo. Descanse en paz, el amigo y compañero de aquellos tiempos en que queríamos comernos el mundo a puños, e ilusamente soñábamos que podíamos cambiar el mundo que nos rodea con solo la fuerza de nuestras palabras y convicciones.

Poco a poco la vida va cerrando sus capítulos, y los guerreros nos vamos quedando solos, dentro de unas trincheras donde nadie nos conoce, y los que dicen conocernos no nos entienden, ni les interesa entendernos. Todos somos producto de nuestro tiempo y circunstancias, y de la sangre que nos corre por las venas, pero nuestro pasado no les interesa a las nuevas generaciones de lectores, y a esa nueva especie carnívora de críticos anónimos y amorfos que prolifera en las redes sociales.

Espero su comentario en oscar.romo@casadelasideas.com
En Tweeter soy @ChapoRomo

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