CIPRIANO GÓMEZ LARA, EMÉRITO, 1° 

parte

Héctor Rodríguez Espinoza

I. El 25 de noviembre se cumplió el XIII aniversario luctuoso de Don Cipriano Gómez Lara, cuyo legado permanece radiante y vigoroso.

En carta personal para mi libro Evocaciones de un Universitario (ed. de autor, 2015) me compartió que nuestra entonces Escuela de Derecho le permitió formarse como profesor universitario y lo pregonó con orgullo en cualquier ocasión.

En el año 2003, el rector de la UNAM Juan Ramón de la Fuente encabezó la ceremonia de investidura de profesores e investigadores eméritos 2002 y 2003, quienes ejemplifican “el espíritu universitario que conjunta el trabajo, talento, producción intelectual y disciplina”. Mereció el galardón 2003, Cipriano Gómez Lara, de Derecho.

Quizá al acostarse, mi Maestro recreó sus

II. “RECUERDOS QUE DEBEN CONSERVARSE”

“En abril de 1957 –rememoró Don Cipriano- recibí llamada de mi maestro Francisco Vázquez, a cuyo lado realicé mi pasantía.

- Ahora recién egresado de Italia, ¿querrías irte a Sonora? Buscan jóvenes profesores para su Escuela de Derecho-. Sin pensarlo me atrajo la idea. Me entrevisté con Dn. Roberto Mantilla Molina, director de nuestra Facultad a la salida de su clase de noche.

- ¿Qué quieres?-, me preguntó brusco y fatigado por la jornada de trabajo. Le expliqué mi interés por Sonora. Le entregué mi currículum, lo recibió con displicencia, poniéndolo en el último cajón. Se me quedó viendo con mirada difusa y afirmó sin piedad: - Debo decirte que solicitan candidatos que sean profesores-.  Le expliqué que no se me había dicho y me despedí apenado. Al salir oí que me decía, de consolación:

- ¡A ver qué sucede! -.

Semanas después, Dn. Óscar Morineau, de Caborca, me preguntó telefónicamente, en tono paternal:

- ¿Qué pasó hijo, todavía quieres irte a Sonora? -. Le contesté que sí, con desconcierto. Me pidió ir a su despacho, me presentó al Lic. Luis Encinas Johnson, rector de la Unison, con quien me bastó platicar pocos minutos para tener plena identificación y un profundo entendimiento.

III. El 31 de mayo volé a Hermosillo. Don Luis me sometía a la prueba de ver si soportaba el verano sonorense. Lo soporté y resistí otros seis, habiendo tenido una feliz y muy fructífera estancia, que se prolongó por casi siete años. Encinas, para quien sobran elogios, reclutó  buen número de académicos jóvenes y entusiastas, no sólo para Derecho: El Ing. Arturo Delgado, director de Ingeniería, y Astrónomo Fernando López -cerebro brillante fugado a los EU y que jamás recuperamos-. Poco después llegaron David Magaña Robledo y Carlos Arellano García.

Los primeros años se caracterizaron por una bella e intensa labor, desarrollada a veces en condiciones precarias de instalaciones y apoyos, pero en la que alumnos y maestros -que son la materia esencial de toda universidad- trabajamos con ahínco y entusiasmo en una tarea común. Los grupos eran pequeños y ello nos permitía un mayor contacto y una relación más íntima y personal con nuestros alumnos.

En septiembre de 1957 se iniciaron cursos. La primera generación llegaba al quinto año y fui su profesor de Filosofía del Derecho. Impartí Derecho Procesal Civil I y Economía política.

Para los jóvenes y recién llegados maestros, las cosas no fueron miel sobre hojuelas. Existía un grupo sólido de abogados maduros que con esfuerzo inicial habían logrado el arranque de la Escuela.

La Escuela me permitió formarme como profesor universitario y pregono con orgullo en cualquier ocasión, ese timbre de origen.

Encinas me encargó la organización del Departamento Escolar. Ahí también vencí obstáculos.

Un Lic. Jasso, quien venía de Guanajuato, tuvo una corta y triste estancia en Sonora y no llegó ni siquiera a iniciar cursos como profesor. Nombrado Juez Penal, comenzó a actuar con toda diligencia y capacidad, pero no se sometió a una burda y vulgar consigna y le fue aplicado el “sahuaripazo” -equivalente a un cese- y ese mismo día yo -y nadie más- le acompañé a la pera de la vieja estación de ferrocarril, a despedirle en su solitaria huida a su natal Guanajuato. Este acontecimiento, entre otros, me ha servido en la vida académica para señalar un ejemplo vivo de la falta de independencia y de autonomía de que todavía a veces adolecen nuestros Jueces, y como argumento para establecer la carrera judicial y robustecer la independencia de la Judicatura.

Para septiembre de 1957 y todavía en el ala izquierda de la planta alta del edificio principal, se iniciaron los cursos. La primera generación, con Rogelio Rendón Duarte, Guadalupe Aguilar Cons y Josefina Pérez Contreras, llegaba al quinto año y me tocó ser su profesor de Filosofía del Derecho. Pasaba al segundo año un grupo muy sólido, definido y entusiasta, ahí estaban, entre otros: Francisco Acuña Griego, Carlos Armando Biebrich Torres, Elsa Banderas Rebling, Miguel Ángel Cortés Ibarra, Rubén Díaz Vega, Sergio Jiménez Salazar y Jesús Téllez Villaescusa. A ellos les impartí el primer curso de Derecho Procesal Civil; también impartí Economía política, a los jóvenes del primer año. En la memoria grata recuerdo de esos años a Tulita Tapia Quijada, a Juan Carbajal Hernández y a José Antonio Dávila Payán; a Jesús Borchardt Ojeda, a José David García Saavedra, a Octavio Villaseñor Cardona, a Tránsito Alegría Salcido, a Francisco Ross Gámez, a Agustín Pérez Carrillo, a Ramiro Dena Luna, a Hortensia López Quintero, a Alfonso Guevara Camacho, a Raúl Rolando Pujol, a Joel Castillo Terrazas, a Ana Luz Vázquez Moreno, a Pedro Romano Félix, a Graciela Cárdenas, a los hermanos Oscar y Marco Antonio Téllez Ulloa, a Beatriz Eugenia Montijo Hijar, a Ignacio Guerra Rodríguez, a Santiago Cota de la Torre, a Adalberto Monarque Curiel, a Federico Campbell, a Alberto Barreda Robinson, a Reginaldo Montaño Montaño, a Manuel Landavazo Ballesteros, a Ramiro Oquita y Meléndrez,  a Luis Ruiz Vázquez y a Marina, y desde luego a Héctor  Rodríguez Espinoza, quien me ha pedido que escriba estas líneas. En la memoria ingrata multitud de rostros se me agolpan en la mente.

Para los jóvenes y recién llegados maestros, las cosas no fueron precisamente miel sobre hojuelas. Existía un grupo sólido de abogados maduros que con su gran esfuerzo inicial, habían logrado el arranque de esa Escuela de Derecho: Alfonso Castellanos Idiáquez, Roberto Reynoso Dávila, Miguel Ríos Gómez y Miguel Ríos Aguilera, Abraham F. Aguayo; Don Manuel V. Azuela, José Antonio García Ocampo, José Ma. Oceguera Ramos, Fortino López Legazpi y Enrique E. Michel. Algunos nos aceptaron o quizá  nos toleraron. Pero otros fueron francamente hostiles y hasta agresivos, pues se atrevían a augurarnos una breve y fugaz estancia. Al fin de cuentas ¿qué méritos teníamos esos jovencitos, ninguno de los cuales llegaba a los 30 años de edad, para ser profesores de Derecho en esa Escuela? Recuerdo que la disconformidad fue tal, que el rector Encinas tuvo que enfrentar una reunión de Consejo Técnico con la presencia de la casi totalidad de los profesores del plantel, y puso ahí las cosas muy claras. A todos los viejos profesores les hizo ver que antes de buscar candidatos fuera, se les había ofrecido a ellos las plazas de profesores de carrera, y ninguno había aceptado el ofrecimiento. Ello había obligado a la Rectoría a buscarnos, seleccionarnos y contratarnos en la Ciudad de México.

En los años de 1957 al 1963, me tocó continuar con las actividades docentes. Al tiempo y a nuestros alumnos -que son los mejores Jueces- les habrá  tocado calificar la actuación que tuvimos en aquellos años y en qué medida colaboramos a robustecer la carrera de Derecho. Para mí, en particular, considero que la Escuela de Derecho de la Universidad de Sonora, fue la institución que me permitió formarme como profesor universitario y por ello pregono con orgullo en cualquier ocasión, ese timbre de origen. He regresado en múltiples ocasiones a esta Alma mater que considero mía y de la que el 3 de noviembre de 1997 recibí complacido un reconocimiento por los 40 años de docencia universitaria ininterrumpida ‘... que iniciara en esta Universidad’, dice el documento respectivo.

IV. En 1959, a raíz del conflicto ferrocarrilero, el Presidente de la República López Mateos adoptó una actitud dura en contra de ellos porque así parecía necesario para él y para sus intereses políticos. Hubo aprehensiones masivas en los patios ferrocarrileros, de todo el país. En clase me atreví a afirmar que ‘... el gobierno tenía dos opciones: suspender las garantías individuales o violarlas y había optado por la segunda de ellas.’ Ni tardo ni perezoso un compañerito burócrata cercano al Gobernador Obregón, fue corriendo con el chisme. Ello me costó mi salida del Jurídico del Gobierno del Estado, en donde mi jefe era Dn. Manuel V. Azuela. El Gobernador Obregón, a la usanza vieja, quería que yo saliera del Estado en 24 horas, pero el rector Encinas me defendió y protegió y en lo personal salí ganando, pues me concentró en la propia Universidad y me encargó del arranque y de la organización del Departamento Escolar de la Universidad. Ahí también tuve que vencer obstáculos. Paradójicamente uno de los principales opositores fue Castellanos Idiáquez. Pero recuerdo el decidido e importante apoyo de Don Rosalío Moreno, “Chalío” (ese legendario y bello personaje que fue el Secretario General de la Universidad por muchos años) y el del contador Agustín Caballero Wario, Director de la Escuela de Contabilidad y Administración. En esta tarea tuve la eficaz ayuda de Berenice Orozco, Georgina, Carlotita y la alumna de la Escuela de Derecho, Graciela Cárdenas, ya antes mencionada y quien ahora es abogada en Ensenada.

La vida corre tan rápidamente, que aquellos recuerdos de hace cuatro décadas, nos hacen ver lo efímero y volátil de toda la existencia. No deseo terminar, sin antes recordar a varias personas muy ligadas con la estancia nuestra en Sonora. El Dr. Moisés Canale, quien al llegar a la Rectoría respetó mi labor y me brindó todo su apoyo. Alba Ramos, la infatigable y eficaz Secretaria de la Escuela de Derecho. Celia Aja y su esposo Cipriano Lucero -mi único tocayo sonorense -, quienes nos brindaron su amistad y ayuda. Dn. Francisco Seldner, tesorero de esa casa de estudios, quien tomara los primeros cursos de alemán con mi esposa Karin, recién llegada de Alemania en el 1958. La Sra. Eva Figueroa y todos sus hijos, que constituyeron una verdadera segunda familia para mí. Y Dn. Juan Lawrens, quien trató a mi esposa, como su verdadera hija y con cuya familia aún conservamos lazos entrañables de una relación también casi familiar. Gracias a Sonora, a su Universidad y a todas esas personas, que hicieron nuestra estancia feliz e imperecedera, y gracias también a Sonora por habernos dado, a mi esposa y a mí, a la primera de nuestras tres hijas, Carina Xóchitl, nacida en Hermosillo en enero de 1961.”

“La vida corre tan rápidamente, que aquellos recuerdos de hace cuatro décadas, nos hacen ver lo efímero y volátil de la existencia. Gracias a Sonora, a su Universidad y a todas esas personas, que hicieron nuestra estancia feliz e imperecedera, y por habernos dado, a mi esposa y a mí, a la primera de nuestras tres hijas, Carina Xóchitl, nacida en Hermosillo en enero de 1961.”

Con razón dijo De la Fuente. “Todos podrían pertenecer, con toda dignidad, a cualquiera de las mejores universidades del mundo, pero han elegido precisamente a la nuestra (...) como el camino fructífero por el cual han transitado la mayor parte de sus vidas, (...) ésta es su casa y es también su destino”. (Continuará)

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