Bulmaro Pacheco
El dirigente nacional del SNTE, Alfonso Cepeda Salas, le prometió hace algunos meses a Morena afiliar a 10 millones de militantes, básicamente del sector educativo. La semana pasada informó que había afiliado a 1.2 millones. ¿De dónde los sacaría?
En realidad, y tras casi ocho años de gobierno de la 4T, el SNTE no ha recibido el trato ni la influencia política que esperaba. Por varias razones, el gobierno de la 4T le ha dado mucho más a la CNTE, a pesar de su escasa representación nacional.
Históricamente al SNTE y a sus dirigentes se les otorgaban posiciones importantes del sistema político mexicano tanto en los gobiernos del PRI como en los del PAN. En 1964 estuvieron cerca de dirigir la SEP pero al final Agustín Yañez le ganó la carrera a Jesús Robles Martínez.
López Obrador violó esa regla no escrita (de unificar poder sindical con la administración educativa) y, sin empacho alguno, —después de cancelar la reforma educativa de Peña Nieto—, entregó la SEP a la CNTE en la persona de Leticia Ramírez Amaya, exdirigente de la Sección 9 de la CNTE, a la salida de Esteban Moctezuma Barragán.
¿A cambio de qué, entonces, ese compromiso de afiliar trabajadores de la educación a Morena? Esta novedad política representa algo que nunca sucedió —ni en los gobiernos del PRI ni del PAN— en el sindicato más plural de México en lo político, social y cultural.
¿Sabrá Cepeda que el artículo 3 de la Ley General de Partidos Políticos prohíbe la afiliación corporativa? ¿Sabrá que la organización sindical más grande de México, en su pluralidad, ha dado figuras como Lucio Cabañas, José Vasconcelos, Vicente Lombardo, Enrique Olivares, Genaro Vázquez y Othón Salazar, entre otros, quienes hicieron historia en México?
Los cambalaches políticos entre el gobierno y el sindicato tienen su historia. La relación con el gobierno desde la creación del sindicato, en 1943, ha tenido sus altibajos y excepciones con los dirigentes morales de la organización: Jesús Robles Martínez, Edgar Robledo Santiago, Manuel Sánchez Vite, Carlos Jonguitud Barrios, Elba Esther Gordillo Morales, Juan Díaz de la Torre y Alfonso Cepeda.
A Robles Martínez se le permitió impulsar candidatos al gobierno de Colima y el presidente Díaz Ordaz lo nombró director de Banobras. A Manuel Sánchez Vite lo hicieron gobernador de Hidalgo y dirigente nacional del PRI, y a Edgar Robledo Santiago lo promovieron como director general del ISSSTE.
El presidente Luis Echeverría promovió la caída del grupo de Robles Martínez, que había controlado el sindicato por 25 años, e impulsó la llegada del profesor Carlos Jonguitud Barrios con su agrupación “Vanguardia Revolucionaria” del SNTE, en septiembre de 1972. Jonguitud consiguió posiciones políticas para los maestros en el Congreso de la Unión, en los congresos locales y en los ayuntamientos. Fue diputado federal y senador en dos ocasiones, director general del ISSSTE y gobernador de San Luis Potosí de 1979 a 1985. Cayó de la gracia presidencial en abril de 1989 y fue removido del liderazgo “moral” que ejerció durante 17 años. Murió a los 87 años, retirado de la política, en noviembre de 2011.
En 1989 sustituyó a Jonguitud la profesora Elba Esther Gordillo Morales, exdirigente de la Sección 36 y secretaria de Finanzas del CEN del SNTE. Elba fue tres veces diputada federal y una vez senadora, secretaria general de la CNOP y secretaria general del PRI.
Elba duró como dirigente moral 24 años, hasta el gobierno de Enrique Peña Nieto, y cayó en febrero de 2013. Permaneció cinco años en la cárcel, acusada de malversación de fondos del sindicato.
A Elba Esther Gordillo la sustituyó el profesor jalisciense Juan Díaz de la Torre, quien dirigió al sindicato de 2013 a 2018.
La disciplina de los liderazgos nacionales del SNTE, siempre en sintonía con los presidentes de la República en turno, explica la larga permanencia de los dirigentes “morales” de la organización desde su fundación hace 83 años.
Durante años, el gobierno federal conocía de antemano —por cortesía de los liderazgos en turno— los procesos de sucesión en la dirigencia nacional, para reactivar compromisos oficiales como el cobro de cuotas sindicales vía nómina, prestaciones especiales, pliegos petitorios anuales, movilizaciones de apoyo, etcétera.
A Carlos Jonguitud (1972-1989) le tocó negociar con los presidentes Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid y, por pocos meses, con Carlos Salinas de Gortari. A él le correspondió también el nacimiento de la CNTE en 1979.
A Elba Esther Gordillo (1989-2013) le tocó negociar con los presidentes Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y, por muy poco tiempo, con Enrique Peña Nieto. En el 2000, ya sin la presencia de un presidente del PRI, promovió reformas estatutarias y laborales para prolongar su permanencia en el liderazgo del sindicato, ya no como secretaria general, sino como presidenta. El ejemplo fue seguido por la CNC y la FSTSE.
Fox le concedió a Elba Esther el ISSSTE y la Lotería Nacional. Felipe Calderón le refrendó el ISSSTE y algunas posiciones de alto nivel en la SEP. En el sexenio de Fox, la lideresa nacional del SNTE anunció la creación del partido Nueva Alianza, tomando como base la organización magisterial. El partido postuló candidatos presidenciales en 2006 —Roberto Campa—, quien obtuvo apenas el 0.96 % de la votación, y en 2012 —Gabriel Quadri de la Torre—, quien elevó el porcentaje al 2.28 %, lo que no impidió que el partido perdiera el registro nacional el 21 de septiembre de 2018.
A Juan Díaz de la Torre lo sustituyó en el liderazgo Alfonso Cepeda Salas en 2018. A Cepeda le ha tocado la transición del PRI a Morena.
No ha sido fácil para Cepeda contener las inclinaciones de los gobiernos de la 4T hacia la CNTE en todas las negociaciones, a pesar de la disciplina que ha guardado el SNTE.
La CNTE —con apenas el 9 % de la representación de los trabajadores de la educación— bloquea carreteras, aeropuertos y la Ciudad de México, y aun así se le concede casi todo lo que pide.
Por ahora, la principal demanda es la abolición de la reforma a la Ley del ISSSTE de 2007. El SNTE, al principio, apoyó la demanda, pero después dio marcha atrás en algo que le resultaría políticamente muy costoso en su relación con el gobierno.
Cepeda ha cumplido ya ocho años en el liderazgo nacional y enfrenta la disyuntiva de su propia sucesión. Quizá en el sindicato temen que el gobierno federal meta las manos en el proceso sucesorio, o puede ser que Cepeda busque dejar a alguien cercano en el liderazgo y convertirse en el séptimo líder moral del sindicato en 83 años. De ahí el ofrecimiento de afiliados a Morena —que nadie le ha pedido— y que hasta ahora ha caído en el vacío.
En el fondo, la decisión del dirigente nacional de forzar—y anunciar— la afiliación partidista a Morena de sus agremiados es un exceso político y jurídico y una afrenta para las libertades y la pluralidad de la organización.
¿Todo cambia para que nada cambie? ¿O aquí valdrá también para los miembros del sindicato más politizado de México aquello de que “no me salgan con que la ley es la ley”?
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