Bulmaro Pacheco.
Cochibampo (de Kowi, cerdo, y Bampo, en el agua) se ubica en el municipio de Álamos, a 38 kilómetros de la cabecera municipal y a menos de siete de la comisaría Los Tanques. Está rodeado por las comunidades de El Frijol, Munihuasa y Tescalama. A la comunidad la rodean algunas montañas con nombres típicos; además de La Pirinola, están La Albóndiga, El Picacho y El Tianamonte.
Se trata de una típica población rural con menos de 100 casas, con niveles de vida cercanos a la extrema pobreza, con la mayoría de sus habitantes dedicados a la pequeña ganadería y a la agricultura de temporal en productos como el ajonjolí, el cacahuate, el sorgo y el zacate para el alimento del ganado; otros se dedican al pequeño comercio y a la leña.
Su estructura social la integran 64 ejidatarios, cada uno con 8 hectáreas, mismas que son utilizadas para la economía de subsistencia familiar y para el pastoreo de algunas vacas.
La mayoría de las casas están pobladas de gallinas y de una auténtica colección de vegetales y plantas típicas de la región, como naranjos, nopales, macetas en cubetas con flores, colombinas y chile cultivado en baldes.
Sin embargo, Cochibampo, a decir de propios y extraños, durante más de 80 años fue el lugar más visitado del municipio de Álamos por personas de todos lados. La gente acudía en busca de remedios para curar sus dolencias físicas o resolver problemas médicos que demandaban experiencia y sabiduría: gente con quebraduras, torceduras, lesiones musculares, luxaciones, deformaciones óseas —en mucho ya agotados los caminos de la medicina alópata privada o institucional— y otras.
Por muchos años los enfermos hicieron auténtica romería para consultar y buscar remedio con uno de los personajes más fascinantes que esa región haya dado en el siglo pasado: doña Antonia Velásquez Cano, nacida en 1887 del matrimonio de Refugio Velásquez y Dolores Cano.
Doña Toña, la célebre "sobadora" o "doctora social" de Cochibampo, como le llamaban con respeto los miles de personas que le demandaron atención, cumplió durante muchos años con habilidades y talentos naturales, con unas manos privilegiadas conocedoras a profundidad de los vericuetos del cuerpo humano, sumadas a la experimentación constante y a un fervor religioso fuera de serie. Se le recuerda como si todavía viviera.
"Doña Toñita", como también le llamaron, vivió, trabajó y curó en una modesta vivienda —que todavía se conserva— situada en las faldas del cerro La Pirinola, en la parte alta que dista cien metros del Camino Real que cruza Cochibampo, donde la adornan mezquites, guacaporos, álamos y la gran sombra de un guayparín que por años se ubicó como señal a la vera del camino para llegar a su casa.
Al costado de la vivienda se encuentra un arroyo arenoso que choca con la puerta de acceso, construida de varilla redonda, pegada con soldadura y resguardada con alambres a un tronco de tepehuaje con palo de brasil, al estilo de los cercos de pueblo, sin mayores seguridades, excepción hecha del temor a las vacas, burros y caballos que seguido rondan sueltos por los caminos buscando comida y refugio.
La casa, construida con seis cuartos y con todos los accesorios de antes, cuenta todavía con una gran noria, una pila para el agua y un bebedero. Para cocinar se usa una hornilla externa para evitar que la casa se llene de humo. También tiene un baño exterior y una gran reja de madera muy bien diseñada que señala los límites de la vivienda con el patio exterior.
En la entrada de la casa domina una gran fotografía enmarcada en blanco y negro de doña Toña con Florencio Valenzuela Coronado, su esposo, y otra a color donde se acompaña del exobispo de Cajeme, Miguel González Ibarra. En esa casa, las autoridades religiosas seguido confirmaban y bautizaban.
Doña Toñita, afirman parientes y vecinos, empezó a sobar desde los 12 años; experimentaba con sus propias compañeras de escuela en la comunidad. Por muchos años habilitó para la consulta un cuarto de 21 metros cuadrados, de paredes de adobe y enjarre de tierra, con techos de morillo, amapas y vara blanca con zacate. Dos ventanas sencillas, una con tres varillas y otra de rejillas de madera con aldaba, y una más con salida hacia un pequeño jardín donde domina todavía una gran pingüica y un pequeño cerco hecho de palo brasil, que por años exhibió una gran variedad de yesos con gasa, muletas y sillas de ruedas que dejaban los pacientes después de salir de esa casa por su propio pie, ya sanados.
Al extremo del cuarto estuvo situado un pequeño altar presidido por la Virgen de Guadalupe, acompañada por imágenes de San Martín de Porres, la Virgen de Zapopan, el Santo Niño de Atocha, San Antonio, San Martín Caballero y diversas imágenes del Sagrado Corazón de Jesús.
Sin embargo, San Antonio fue el santo preferido festejado por doña Antonia cada 13 de junio, cuando lo celebraba con fiesta para todo el pueblo.
Atendió siempre a sus pacientes sobre una tarima de un metro de alto, por dos metros de largo y uno de ancho, construida con madera de sabino y tejida cuidadosamente con cuero crudo de vaca.
Enclavada en la pared del ordenado "consultorio" había una repisa con un pomo y varias botellitas del aceite "Jaloma", llamado popularmente "aceite de comer": un aceite amarillento muy utilizado para fines medicinales en los hogares mexicanos, compuesto de una mezcla de oliva y soya.
El caso de doña Toñita ha sorprendido a propios y extraños; muchos de ellos la recuerdan por su enorme eficacia. La avala una multitud de relatos de casos comprobados, donde con lujo de detalles se recuerda la capacidad curativa de la señora y las verdaderas proezas en la llamada "artoquinesis" —a diferencia de la "quiropráctica"—, una técnica de arreglo de huesos y músculos practicada por doña Toñita con mucho conocimiento, práctica, sensibilidad y mística religiosa, que realizaba con aceite (para sobar), brea, mezcal y vendas (para estabilizar), y tablillas para los huesos quebrados, con algunos ingredientes naturistas, algunos de ellos aportados por la propia gente que la visitaba.
Como suele suceder —¡ay, el éxito que no se perdona!—, doña Toñita fue atacada y cuestionada por médicos de la época que no dudaron en acusarla de varias lindezas. En una época de grandes limitaciones de todo tipo, les preocupaba la enorme credibilidad popular y la efectividad de la señora de Cochibampo. Por fortuna, ella siempre contó con el apoyo de los gobernadores de Sonora, como Álvaro Obregón Tapia, a quien "curó de la cintura"; "lo echó a andar", dicen sus familiares directos, y en agradecimiento este hizo el camino desde Los Tanques, así como una pista de aterrizaje a un lado del pueblo.
Se recuerda la anécdota de que, ante la gran fama lograda y las envidias que despertaba, en una ocasión médicos del sur del país se hicieron pasar por enfermos para conocer de cerca la forma de curación de la señora Velásquez, y que al momento de estarlos atendiendo ella misma les espetó: "Ustedes no tienen nada; pienso que solo vienen a probarme". Y así fue.
Aprovechando la pista de aterrizaje, le llegaron pacientes de la Ciudad de México, Sinaloa, Chihuahua, Los Ángeles (California) y algunos beisbolistas lesionados, como Mickey Mantle, de las ligas mayores, así como de la Liga de la Costa del Pacífico y de la Liga Invernal Sonora-Sinaloa, entre otros puntos de origen de los visitantes de doña Toñita, que a decir de sus allegados no se daba abasto, porque en ocasiones atendía hasta 40 pacientes al día.
Nunca cobró por sus servicios. Los pacientes le dejaban algún dinero y, en ocasiones, alguna joya. A doña Toñita la dominaba la pasión religiosa y un gran deseo de servicio. Fue única como experta sensible en la atención de los problemas de la gente, sobre todo de los más pobres.
Doña Toñita Velásquez murió a los 97 años de edad, en 1984. Nunca se retiró y, a pesar de todo lo que la abrumaba, nunca presumió cansancio; en sus últimos años, a los pacientes les bastaba con que solo los tocara para sentirse sanados. Doña Antonia murió en su cuarto rodeada de sus imágenes y santos. Para sus seres queridos, fue la edad y el agotamiento lo que le provocó la muerte.
En los últimos 10 años de su vida perdió la vista —por no dejarse operar de cataratas— pero no dejó de trabajar. "Me quiero morir completa", decía. Comía bien y en ocasiones se echaba unos tragos de lechuguilla para el cansancio.
Sus restos descansan en el pequeño panteón de Cochibampo, retirado dos kilómetros del pueblo. Su tumba, muy modesta, ubicada junto a la de su esposo, que murió primero, se identifica con la leyenda: "A MI MADRECITA".
"Las quejas y los gritos de sus pacientes al quitar los yesos o tocar las partes dañadas, en ocasiones trascendían los alrededores de la casa", dice Lorenzo Valenzuela, quien creció en el hogar de doña Antonia como un familiar más, y quien, para atenuar e influir en los dolores, esperanzas y alegrías de los pacientes aliviados, les vendía el litro de lechuguilla —una especie de bacanora con menor grado de alcohol— a 25 pesos la botella. "Para celebrar, o para olvidar los dolores", justifica.
Doña Antonia no fue una leyenda ni un mito. ¿Qué hizo que fuera tan famosa y dotada de tanta credibilidad? La comunicación de boca en boca de quienes habían experimentado con éxito sus curaciones le forjó una enorme fama; pero además, la poderosa fe religiosa que profesaba y que siempre la acompañó, su gran desprendimiento personal, su disposición por servir y ayudar al prójimo, así como sus enormes facultades para conocer el cuerpo humano y sus zonas sensibles, la dotaron de la sabiduría para identificar los males y aplicar los remedios con procedimientos e ingredientes sencillos, derivados de su propia experiencia. En mucho coincidiendo con los principios de la medicina oriental, que entre otros establece el considerar el cuerpo humano como una totalidad y tratar a cada individuo como un ser único. Doña Antonia Velásquez Cano sigue siendo un referente obligado para quienes visitan Álamos y Cochibampo. Fue notable el bien que por muchos años doña Antonia le hizo a la humanidad. Descanse en Paz.
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