Los ojos del hermano eterno


“EL HOMBRE HA PERDIDO TODOS SUS VALORES”. STEFAN ZWEIG.

   "Llevado por un sentimiento de soledad y fatiga espiritual y convencido, mientras se producía la segunda Guerra Mundial, de que el hombre había perdido todos sus valores".    

Héctor Rodríguez Espinoza.

I. INTRODUCCIÓN. Mi libro y mis cursos sobre Ética profesional para jueces y abogados lo inicio con una bella y filosófica leyenda escrita por Stefan Zweig, escritor, biógrafo y activista social austríaco judío —posteriormente nacionalizado británico— de la primera mitad del siglo XX, sin parentesco con el escritor Arnold Zweig ni con la escritora alemana Stefanie Zweig (nacida en 1932).

Stefan Zweig (1881-1942) nació en Viena, en cuya Universidad estudió.

Hijo de un poderoso industrial, recibió una esmerada educación. Durante sus años de juventud recorrió Europa, trabajando como traductor y colaborando en distintas publicaciones.

A raíz del estallido de la primera Guerra Mundial, se convirtió en un ardiente pacifista y se trasladó a Zurich, donde podía expresar sus opiniones. Ante la implantación cada vez mayor de las fuerzas nazis en Austria, emigró a Londres. De su producción literaria destacan 'Cuerdas de plata', un ejemplar donde reúne su poesía, y novelas como 'Jeremías', 'Amok', 'El jugador de ajedrez' o 'La confusión de los sentimientos'. También escribió las biografías de algunos de los personajes más grandes de la literatura como Dickenso Balzac.

Después de la guerra, se estableció en Salzburgo donde escribió más de cincuenta obras entre biografías, narraciones, poesías, novelas cortas y ensayos. (https://es.wikipedia.org/wiki/Stefan_Zweig ).

II. LEYENDA. En los ojos del amor eterno (“El ulls de l’etern germa”), de 1922, dedicado a su amigo Guillermo Schmidtbonn y relatado como un cuento oriental, al estilo del Siddartha de Herman Hess, Zweig relata la historia de Virata, un valeroso guerrero que vivió en los tiempos anteriores a Buda.

De una sobriedad y perfección conmovedoras, más religioso que el del escritor suizo, la historia transcurre en un país oriental.

Virata es un cazador sirviente del rey. Un día el rey decide compartir la mitad de su reino con su primer ministro y éste, avaricioso, no se conforma e intenta arrebatárselo por completo. Para ello soborna a los mejores guerreros y crea un ejército casi invencible. El pobre monarca, indefenso al no tener a sus guerreros, se ve obligado a recurrir a sus sirvientes, entre los que está Virata. Él es un gran conocedor del campo de batalla e ingenia una estrategia para vencer a los rebeldes en plena noche, cuando ellos no esperan ningún ataque.

En la batalla, Virata mata al primer ministro y a los guardias que lo defienden, entre muchas otras víctimas.

Cuando el sol sale de entre las montañas, la luz iluminó los cuerpos muertos caídos en la batalla y Virata reconoció a uno de los guardianes del ministro, uno de los que él había matado. El que yacía allí muerto era su hermano y tenía una mirada de horror que quedó clavada en la mente del asesino y en ese momento ve su gran culpa, por el hecho de haberlo matado.

Poco después llega el rey y al ver a su sirviente Virata, se lanzó al cuello de él (un hecho muy poco común entre un rey y su vasallo). El monarca lo nombra jefe de todos sus ejércitos, pero ante el desconcierto de todos, el fiel al rey pide que no lo haga, que después de lo de su hermano ha visto las cosas claras, que este hecho lo ha hecho reflexionar y no piensa volver a matar, que quitar la vida sólo lo pueden hacer los dioses. Ante la respuesta, el rey decide nombrarle juez de su reino, para que imponga la justicia.

Pasaron los años y el juez de la Corte ganó la fama de ser el juez más justo y sin utilizar nunca la pena de muerte. Virata se veía feliz, ya no recordaba lo de su hermano. Hasta que un día llevaron a juicio a un pastor acusado de matar a 11 personas. Como en todos los juicios que había hecho, dejó primero hablar a los acusadores, cuando el turno de ellos terminó, le dio la palabra al acusado para defenderse.

Pero el acusado no dijo nada a su favor. El juez se vio obligado a dictar sentencia sin que el pastor se defendiera y eso era una complicación para hacer una condena justa. Finalmente le dictaminó 11 años de prisión en la cueva más profunda, una en que no llegaba la luz y 11 latigazos cada primer día del mes. Entonces el pastor habló. Dijo que era un “cagado” porque no se atrevía a condenarlo a muerte: ¿Qué sabría él lo que era justo, si no sabía a lo que condenaba a los juzgados? Que no había probado el dolor de un latigazo ni mucho menos haber estado en una cueva en donde no salía el sol.

Virata vio en la mirada de ese hombre la mirada de su hermano, el que había matado, el que ya casi había podido olvidar.

Finalmente se llevaron al acusado. Virata comenzó a reflexionar si realmente estaba capacitado para decidir lo que es justo y lo que no. Después de reflexionar fue a ver al rey y le pidió una semana sabática en la que nadie lo molestara ni se preocupara de donde estaba, una semana de libertad total. El rey le concedió la petición.

Virata fue al lugar donde estaba encerrado el condenado de hacía un rato, cogió la llave y se la ofreció, a cambio de que de aquí a una semana prometiera volver para sacarlo. El condenado vio el buen corazón de Virata y no quiso hacer la encomienda, pero el otro no estaba dispuesto a ceder y al final aceptó el trato.

En esa larga semana, Virata conoció el sufrimiento y el dolor, pasó la semana y el rey, quien ya había sido informado del paradero de su juez, fue a sacarlo de la prisión. El rey lo conmemoró como el juez más sabio de todos, pero también pidió esta vez al rey que no lo hiciera, que le quitaran su tarea de juzgar, que sólo los dioses podían juzgar y que liberara a todos los prisioneros, porque era inhumano soportar el castigo que estaba imponiendo a todos los presos. El rey, muy serio, acepta y Virata deja de servir al rey.

Los años pasan y Virata se casa y tiene hijos. Vivía en una gran casa sin preocupaciones. Al fin parecía que había encontrado la felicidad y ya no era atormentado por el recuerdo de su hermano. Hasta que llegó el día en que vio a sus hijos maltratando a su esclavo y por culpa de éstos el esclavo tuvo que ser castigado. Entonces él se dio cuenta de que no podía vivir gracias al proyecto de los demás; que si todos los hombres eran iguales, no podían obligar a nadie a trabajar por él. A esta decisión, sus hijos y la mujer no están de acuerdo y Virata se ve obligado a dejarlos, para que él pueda vivir justamente.

Virata se fue a vivir a una cabaña, solo, en un lugar perdido en medio de la naturaleza. Allí no podía hacer daño a nadie y ahora parecía que al fin había llegado la felicidad.

Pero igual que en los otros casos, algo le hizo volver a pensar en su hermano y le hizo volver a cambiar de vida. El odio que tenía una mujer hacia él. Resulta que su marido, conocedor de la historia de Virata, decide seguir su mismo camino y deja a su mujer y a sus hijos, que estos mueren al quedar en la miseria. Ve que la ausencia de acto también es un acto y que este no es un acto bueno.

Finalmente, Virata consigue llegar a la felicidad. Después del accidente con la mujer, pide al rey una tarea humilde y que requiera trabajo para realizar. La única manera de no dañar a los demás es hacer algo por ellos, el no hacer nada también es hacer daño. El rey, en broma, le propone dar de comer a los perros, pero esta vez acepta, muy agradecido.

Mucha gente conocía a Virata, pero después de comenzar a hacer ese trabajo tan humilde, comenzaron a olvidarlo, aun esto él era esta vez feliz. El día de su muerte los únicos que le echaron de menos fueron los perros que cuidaba.

III. SUICIDIO. Volviendo a Stefan Zweig, el ascenso del nazismo y el antisemitismo en Alemania, lo llevó (era judío) a huir a Gran Bretaña en 1934. Emigró a los Estados Unidos en 1940 y a Brasil en 1941, en donde se suicidó junto a su mujer en 1942, llevado por un sentimiento de soledad y fatiga espiritual y convencido, mientras se producía la segunda Guerra Mundial, de que el hombre había perdido todos sus valores.

IV. DIVISA. "Si quieres aprender, enseña y educa", me enseñaron Eduardo García Máynez y Roberto Reynoso Dávila. Por eso, como lo hago con mis discípulos en mis acostumbrados debates didácticos e interactivos, en los que todos aprendemos de todos, dejo a mis lectores reflexionar sobre las enseñanzas legadas por la admirable vida y explicable suicidio de este enorme e ilustre escritor.

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