Caminante, no hay camino

Tanto caminar, tanto luchar contra un enemigo que no tiene rostro, tanto ir y venir ¿y todo para qué? La gran pregunta de mi vida que sigo sin poder responder)

Poco a poco mis pasos se han ido haciendo más y más lentos, y presiento que tarde o temprano, en algún momento, tendré que detenerme. Hacia delante el paisaje es difuso, borroso, como una página emborronada de algún viejo cuaderno escolar. Sombras espesas y figuras imprecisas, amenazas a los lados del camino, y un escándalo/cacofoníaimpresionante. Arriba, un cielo gris que, aún sin nubes, se niega a sí mismo la limpidez y el color azul que se supone debe tener.

Ignoro si es de día o si cae ya la tarde. Solo sé que he caminado tanto y sin parar, que los pies me pesan como si fueran de plomo y mis piernas engarrotadas y doloridas se niegan a dar un paso más. Lanzo un suspiro me vuelvo para contemplar el camino que he dejado detrás. En el polvo apenas se distinguen las huellas que han dejado mis pasos, como si hiciera mucho tiempo que hubiera pasado por ahí, y el viento y los elementos los hubieran borrado casi del todo.

Y me pregunto qué ha ocurrido a lo largo del prolongado trayecto que llevo recorrido. Qué ha sido de las luchas sostenidas y de las veces que he caído y me he puesto nuevamente de pie para continuar en la brega, en las batallas que me impuse a mí mismo como una forma de justificar mi presencia en este mundo. ¡Cuántas banderas deshilachadas y raídas quedaron regadas en los viejos campos de combate! ¡Cuántas lanzas rotas que luego sirvieron tan solo para encender las hogueras de los viejos compañeros combatientes, que primero se batieron en retirada, y luego murieron de frío en las solitarias noches invernales!

Una ráfaga de aire sin el menor vestigio de algún olor, ni aroma ni peste, viene a arremolinar el polvo del sendero que recorro, sin saber exactamente hacia dónde me dirijo, con la única y solitaria certeza de cuál es el sitio de dónde partí, hace ya tantos años que mi mente es incapaz de recodar. Busco una piedra o algún tronco para sentarme a descansar un momento, y encuentro una roca de buen tamaño un poco alejada del camino, debajo de las ramas de un arbusto que proyecta un poco de sombra. Voy y tomo asiento mientras enjugo el sudor de mi frente y exhalo un suspiro, quizá de cansancio, acaso de resignación.

Vuelvo a mirar hacia atrás y hasta donde alcanza la vista me es imposible distinguir un alma viviente en los alrededores, ni siquiera un animal de cualquier especie. El silencio es tan profundo, casi tan sólido que podía cortarse con un cuchillo. Podría decirse que de pronto el silencio ha cobrado sustancia y materia. Por un instante me pregunto si acaso seré yo el último ser viviente que queda en el planeta… Un sol amarillo pálido brilla hacia el oeste, en su camino descendente hacia el ocaso, y mi mente empieza a divagar, hundiéndose cada vez más en el pozo profundo de mis reflexiones y memorias.

Tanta vida, tanto caminar, tanto luchar por cosas y causas que ya no logro recordar… tantos errores cometidos, tantos perdones no pedidos y tantas disculpas no ofrecidas… tanta bondad y tan poca reciprocidad… ¿Qué fue de todos esos años de caminar en busca de algo, de cualquier cosa que le diera sentido a mi existencia? ¿Quién soy y para qué vine a este mundo? ¿Qué voy a dejar en él cuando me vaya y qué recuerdos quedarán de mí, si es que queda alguno?

El peso del pecado que siempre he llevado a cuestas como un reo de cadena perpetua lleva sus cadenas, me aprisiona el corazón… la soberbia y la arrogancia, la carga indivisible que me acompaña formando esa dualidad destructora que aniquila a los hombres, sin importar su origen o condición. Me digo, sin mayor convicción, que la arrogancia y la soberbia son los pecados universales que carga la humanidad sobre los hombros, pero ese pensamiento no me trae ningún consuelo, ni aligera la carga de culpa que me agobia el alma.

En las sombras de la tarde que se abate rápidamente sobre el paisaje me siento tan solo como nunca antes, en ningún otro momento. Solo llegué a este mundo y aunque mucha compañía he tenido a lo largo de mi vida, sé que llegaré al momento final de mi existencia igual de solo que cuando nací. Cada hombre es el arquitecto de su propio destino, me viene a la mente esta bella, expresiva y un tanto cruel frase, cuya veracidad es imposible negar. Cada quien, momento a momento, ladrillo sobre ladrillo, va construyendo a lo largo de su vida un edificio existencial que albergará la cauda de sueños, de proyectos, de ilusiones, de amores, desamores, encuentros y desencuentros con que se llena el tiempo que Dios nos tiene destinado a todos y cada uno de nosotros.

He peleado y he perdido, tantas veces que no vale la pena llevar la cuenta. He luchado y a veces he vencido, sin que los escasos triunfos me hayan procurado la menor alegría. Son simples gajes del oficio. En el coliseo en que he librado mis combates la turba -a veces vociferante, a veces silenciosa- ha sido como un simple telón de fondo. A final de cuentas el que se encuentra allá abajo, en la arena y frente al enemigo, soy yo, con las fuerzas desfallecientes y la vieja y maltratada espada de madera entre las manos: La espada de la verdad.

¿Y todo para qué? La pregunta crece y crece mientras, sentado en una roca a la vera del camino, permito que la tristeza y las sombras de la noche que cae me cubran como un sudario… ¿Y TODO PARA QUÉ? La gran, enorme pregunta me golpea con la fuerza de mil cañonazos. Acudir al idealismo para justificar el quehacer de toda una vida puede resultar una salida demasiado fácil, demasiado sencilla e incompleta. Debe haber algo más, algo mucho más significativo y profundo, sólo que no logro identificarlo.

De pronto, siento frío. Un frío que cala los huesos y que llega en alas de un viento helado que repentinamente se levanta en la oscuridad creciente que ha cubierto el entorno que me rodea. Insensato de mí, me aventuré por caminos desconocidos sin tener la precaución de llevar conmigo una linterna para alumbrarme por la noche, y una brújula para ayudarme a mantener el rumbo correcto. De esta manera soy simplemente otro viajero más, entre los muchos millones que han cometido el mismo grave error.

Sin luz para iluminarme y sin brújula para guiarme, decido pasar la noche aquí, en este mismo lugar donde me encuentro. Me recuesto a un lado de la roca y cierro los ojos, y mientras el sueño llega lentamente para llevarme en sus alas, vienen a mi mente algunas reflexiones que son como aquellas plegarias nocturnas que rezaba cuando niño, con mi madre sentada a un lado de mi lecho…

“La verdad es peligrosa, porque decírsela al prójimo irrita. La verdad provoca odios, es cierto, pero la verdad solo engendra odios cuando se endurece. No toda la verdad, claro. San Pablo decía que la verdad nos hará libres, pero la verdad cuando se petrifica, se vuelve fanatismo. Es la verdad lanza en ristre la que asesina. La verdad usada como arma de combate puede producir tantos muertos como una espada. La verdad dicha sin caridad e impuesta por la violencia es como una piedra lanzada al rostro. Debemos arrancar la hiel y la amargura de las contiendas. Allí donde hay polémicas, confrontacionas, heridas, insultos, amarguras, imposiciones, allí no se busca la verdad. Hay que amar la verdad más que a uno mismo, pero hay que amar al prójimo más que a la verdad. Toda verdad utilizada como una apisonadora de hombres se convierte sin más en una mentira, y la mentira es un veneno mortal para el alma...”    

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