Manual para no hacer campaña… cuando ya están en campaña


En un ejercicio de disciplina partidista que habría hecho sonreír a cualquier viejo operador del sistema político mexicano, el Consejo Nacional de Movimiento Regeneración Nacional aprobó, por mayoría y sin discusión alguna, los lineamientos para elegir candidaturas rumbo a 2027. 
Nadie debatió, nadie cuestionó, nadie matizó. La unanimidad silenciosa es una de esas virtudes que el antiguo régimen siempre presumió… y que la llamada transformación ha perfeccionado.
El documento es una joya de la literatura política contemporánea. En él se establece que los aspirantes no podrán promover su imagen en espectaculares, no podrán hacer actos anticipados de campaña, no podrán usar recursos públicos, no podrán repartir despensas, ni electrodomésticos, ni desplegar campañas ostentosas, ni difundir información falsa, ni organizar linchamientos digitales. En otras palabras: queda estrictamente prohibido hacer exactamente todo lo que muchos aspirantes llevan meses haciendo.
Es una especie de reglamento moral emitido después de que la orgía ya empezó.
Porque la realidad política del país es otra. Desde hace meses hay aspirantes recorriendo estados, inaugurando cualquier cosa que tenga listón, apareciendo casualmente en FB, X, Instagram, bardas, espectaculares disfrazados de informes, eventos “informativos”, portadas de revistas ocasionales y campañas en todas las redes sociales que curiosamente siempre coinciden con su nombre, su rostro y su supuesta cercanía con el pueblo. Pero, claro, nadie pide el voto. Dios nos libre de semejante ilegalidad.
También se reafirma el método de selección por encuestas. Ese instrumento casi místico que en teoría mide la voluntad del pueblo, pero que en la práctica tiene una cualidad extraordinaria: siempre coincide con la decisión política final. Las encuestas de Morena son como los relojes suizos: precisas, discretas y manejadas por muy pocas manos.
El problema de fondo no es que existan reglas. El problema es que estas reglas aparecen cada vez que la competencia interna empieza a desbordarse. Cuando un partido concentra el poder como hoy lo hace Morena, la verdadera elección no ocurre frente a la oposición, sino dentro del propio movimiento. Las batallas reales no se libran en las urnas, sino en las mesas donde se decide quién será el candidato.
Y qué extraño: entre los casi 300 delegados presentes, gobernadores, diputados, senadores, alcaldes, etc. a ninguno se le ocurrió levantar la mano para sugerir un punto adicional. Tal vez un décimo lineamiento, algo elemental en cualquier democracia que se tome en serio a sí misma: que quede estrictamente prohibido que quienes aspiren a un cargo de elección popular reciban recursos, apoyos o respaldo —en dinero o en especie— del crimen organizado o de cualquier forma de financiamiento ilícito.
No. Nadie.
Ni una mano levantada, ni un grito, ni una propuesta, ni siquiera la insinuación de que ese tema merecía aparecer en la lista de prohibiciones. El asunto, simplemente, se quedó atrás de la puerta y bajo la alfombra.
Porque al final del día, la paradoja es evidente. Morena acaba de aprobar reglas muy estrictas para evitar campañas adelantadas… justo cuando todo el país sabe que la carrera por 2027 ya empezó.
Y lo más curioso de todo es que el partido que nació denunciando las simulaciones del viejo régimen ahora perfecciona una de sus tradiciones más refinadas: la de fingir que algo no está pasando… mientras pasa frente a los ojos de todos.

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