Vivirá Juan Pedro Robles en el recuerdo eterno

CRITICA
GASPAR NAVARRO

Hablar de la vida y obra de Juan Pedro Robles García, no es nada fácil. Este señorón que entró a una nueva vida en lo desconocido era todo un estuche de monerías, y no solo por los dibujos geométricos que plasmaba en las servilletas, manteles o en la misma mesa donde sorbía el café, sino porque aderezaba sus pláticas con anécdotas de sus vivencias políticas y periodísticas que no eran pocas.
Lo recuerdo por lo regular en el restaurant del Hotel Gándara, a donde acudía puntual por varios años a las 11 de la mañana porque a esa hora era cuando la cocinera empezaría a levantar el buffet que quedó sin vender, y que el buen gordo decía jocoso que Martín (Gándara) lo ponía a mitad de precio, aunque siempre me quedé con la duda de si en verdad le hacían ese descuento, pero lo único cierto es que manejaba los cubiertos con elegancia y que sus platos quedaban rechinando de limpios.
Ahí en medio del bisteck ranchero o la machaca con huevos que engullía desesperado porque ya había aguantado varias horas de la mañana con solo unas frutitas o una avenita que consumió en su casa “para guardar la dieta”, analizaba algún evento político o escuchaba opiniones siempre agachada su cabeza concentrado en las figuras geométricas revueltas que plasmaba con su pluma en la servilleta, así fuera ésta de tela o ya de plano rayoneaba la mesa.
Cuando le interesaba más un comentario solo levantaba inclinando un poco su cabeza y te fulminaba abriendo uno de sus ojos saltones con la ceja muy arqueada, con su clásica frase: “Yo te voy a decir una cosa”, y soltaba su opinión basada en la experiencia de muchos años en el viejo oficio del periodismo y de los renglones torcidos de Dios de la política.
Desde luego no perdía detalle para el comentario chispeante, la ironía y el recuerdo, como cuando veía al mesero Cuevas ya arrastrando los pies por entregar sus años a atender clientes en el Restaurant del Hotel Gándara y dirigir al sindicato de ese empresa, soltando la anécdota Juan Pedro que Don César Gándara Laborín, le tenía mucha estima a ese trabajador y dirigente sindical que mantenía la paz laboral en esa hospedería sin emplazar nunca a huelga.
Era frecuente que Juan Pedro recordando a Don César Gándara imitando su voz con tono muy lento diciendo: “este Cuevitas es muy mal mesero, pero muy buen líder sindical”. Luego soltaba su característica risa a la vez que te daba el manotazo y todos soltábamos la carcajada, aunque ese chiste se lo oímos mil veces, y mil veces nos orinamos de la risa juntos, porque lo contaba como nuevo.
A Juan Pedro o a “Jean Pit” como le decíamos algunos de sus amigos, y así lo bautizó el colega Samuel Valenzuela, lo conocimos no se cómo, ni cuándo, pero irrumpió en mi vida para nunca más salir, y más ahora anida en mis recuerdos y no lo dejaré ir, porque como pocos llegó para quedarse.
Confieso que yo no era de sus amigos cercanos y sí muy lejanos, ni tampoco su vecino de infancia, pero la ocasional convivencia con Jean Pit en el mesón del restaurant del Gándara, hizo que lo conociera como si fuera toda la vida. Yo que soy malo para recordar, lo recuerdo ahora como si fuera ayer con sus bromas destilando su fina ironía, con su risa moviendo su cabeza en forma afirmativa roja su cara, dándote golpecitos con la mano extendida al más cercano o simplemente rascándose de manera frenética uno de sus brazos, movimientos característicos del estimado “Cebollón”, como le decían de cariño sus compañeros estudiantes a su paso por la Universidad de Sonora, donde estudió Administración de Empresas, y destacó como líder estudiantil de su generación.
Allá por mis años mozos, lo saludé afuera de una discoteca ubicada en el bulevar Kino que recién había inaugurado y que duró poco tiempo activa, para luego reencontrarlo una noche de juerga atendiendo un restaurant de carne asada que había abierto por el bulevar Rodríguez, y que también duró un suspiro.
Le gustaba la cocina y los retos, abriendo otro restaurant en años recientes que denominó “Aqua” por la avenida Doctor Paliza, que tampoco le dio ganancias, pero sí muchos dolores de cabeza, y estoy cierto que muchas satisfacciones porque hacía lo que le gustaba, porque era de los que perdiendo ganaba.
Tiempo atrás cuando hacía mis pininos periodísticos lo había conocido cuando visitaba las oficinas de redacción de El Sonorense para saludar a sus amigos periodistas, ya como operador de medios en la delegación de la PGR, que comandaba el temible comandante José Luis Larrazolo Rubio, a quien por cierto conocí casi a fuerzas al irme a buscar al periódico acompañado de su caravana de suburbans blancas.
El comandante Larrazolo fue al periódico porque quería conocer a quien se había atrevido a criticarlo con una caricatura que se publicó en ese ahora extinto diario, devolviéndome el alma al cuerpo cuando cambió su expresión dura por una sonriente al señalar que a su esposa le gustó mucho como lo dibujé flaco, pelón y de bigote corto con su pistolón fajado a la cintura. Un saludo y un adiós, y un “veme a buscar a la delegación de la PGR”, invitación que ni de loco aceptaría. Pero esa es otra historia.
En esas andaba ya Jean Pit como operador de medios, volviendo a verlo operando para la SEC en el gobierno de López Nogales, y después ayudó en la CNOP estatal al entonces dirigente profesor Francisco De Paula García Corral, cuyo nombre hizo sonar en varias columnas, y el gordo Juan Pedro decía muy sonriente que porque aparecía con buenos comentarios en todas las columnas, el profe se regocijaba, y le decía que “lo había convertido en un monstruo” de la política.
“Un muy amigo tuyo vendrá a operar prensa de Eduardo Bours en la campaña por la gubernatura”, me dijo casi susurrando en el oído. “Te va ir muy bien”, me dijo, para después soltarme que Ernesto Gándara Camou, dejaría su puesto en la Presidencia de la República, para venirse a radicar a Sonora.
Y ahí empezó la historia de Jean Pit operando medios para su casi hermano Borrego Gándara, su compañero de infancia y de correrías en la colonia Centenario de Hermosillo, pero cuidaba de no involucrarlo en sus andanzas de monaguillo en Catedral, culpando siempre a su otro casi hermano Martín Vizcaíno, de cometer el pecado al llevarse algunas limosnas que de seguro terminarían en los puestos de dulces y fritangas de la Plaza Zaragoza.
A pesar de los golpes en sus proyectos políticos al lado de Ernesto Gándara, nunca vi enojado a Juan Pedro, siempre sonriendo optimista al futuro porque confiaba en la capacidad y trayectoria de su entrañable y admirado amigo que nadie sentaba, seguía de pie y tenía fija la mirada en la gubernatura de Sonora.
Al ganar El Borrego Gándara la alcaldía de Hermosillo reafirmó su convicción de que sabía que se podía llegar a cumplir las aspiraciones políticas de su casi hermano de gobernar Sonora, quien ya había sido secretario particular del gobernador Bours y titular de Turismo, y antes había estado un tiempo en Sonora como titular de la delegación de la Semarnat, y por supuesto en el Senado de la República, tras una limpia trayectoria en la Presidencia de la República, donde por cosas de la vida trabajó al lado de Alfonso Durazo Montaño.
Los que lo conocíamos un poco de cerca, reconocemos que “sabía arrastrar la pluma” como se dice coloquialmente a quienes saben escribir bonito, y aunque casi nunca escribió columnas con su nombre, Juan Pedro Robles dejaba plasmada su huella en algunas de ellas. Recuerdo que en CRITICA me ayudó escribiendo un tiempo la columna política “Oveja Negra” con el pseudónimo de “Dante”, poniendo a temblar a más de cuatro en Palacio de Gobierno.
Dicen los que muchos años atrás metía mano en la afamada columna “Esquina Caliente” en el semanario Primera Plana, que se publicaba bajo el pseudónimo de “Joe Pepitone”, lo cual no descarto porque esa casa editorial semillero de periodistas que comanda el Maestro Quirrín, era su casa y sus reporteros sus amigos cercanos, por lo que podría ser que el gordo anduviera desde esa esquina haciendo de sus clásicas travesuras periodísticas.
Lo que me llamaba la atención de Juan Pedro es que contrario a los periodistas que les gusta la sana alegría, casi no se embriagaba, era de tomar poco y hablar y reír mucho. En su faceta de bohemio de corazón con copa de vino en mano en ciertas ocasiones en las reuniones de amigos tomaba el micrófono para deleitarnos muy bien entonado con su tonelada de voz con un amplio repertorio de canciones románticas del ayer, recordando entre ellas las de Sergio Dennis, como “Nunca supe más de ti”, que en una parte dice: “Hay cosas que pasan, quién sabe por qué”. Y al recordar esa faceta de su vida más me parte el corazón.
Sabíamos que Juan Pedro padecía algunas enfermedades que se complicaban por su sobre peso o eran causante de sus males, y que era tratado por especialistas médicos en Tucson, para lo cual no regateaba en gastos.
Nos tocó un susto al acompañarlo a Nogales en una de las campañas del Borrego Gándara por la candidatura a la gubernatura, al desvanecerse Juan Pedro en el segundo piso del Hotel Fray Marcos de Niza, al tocar el botón del vetusto elevador de esa histórica hospedería, y recibir una descarga eléctrica que lo hizo derrumbarse.
Como pudimos entre varios colegas periodistas lo metimos al elevador y lo bajamos para recostarlo en un sofá de la recepción a fin de tratar de reanimarlo, recuperándose varios minutos después, siendo atendido por su amigo el doctor Demetrio Ifantópulos, quien llegó presto a ayudarlo.
Y ya repuestos del susto Jean Pit y demás periodistas emprendimos nuestro regreso a Hermosillo, no sin antes hacer paradas en farmacias de esa fronteriza ciudad para comprar medicinas para cualquier eventualidad en el viaje carretero.
En este trágico 2020 del Coronavirus que trajo luto y dolor a Sonora y a todo el mundo, en 21 días a pesar de luchar como un guerrero, el maldito virus venció el fatídico viernes 16 de octubre a nuestro amigo Juan Pedro, dejando con su partida a una nueva vida una gran huella en el periodismo y la política regional, pero sobre todo un gran pesar y desconsuelo en todos sus amigos y familiares, porque su luz y humor incansable irradiaba a todos.
La estrella de Jean Pit seguirá brillando en nuestro recuerdo y en los corazones de muchos más, porque los hombres buenos no se olvidan, no mueren, viven para siempre. Y con esto mi entrañable Jean Pit, confío en que Dios te tenga a su lado, y a nosotros no olvide. ([email protected])

Comentarios

Comenta ésta nota

Su correo no será publicado, son obligatorios los campos marcados con: *